Un estudio controlado aleatorizado (RCT) encontró que la adición del componente educativo no produjo efectos sobre la prevalencia de la violencia doméstica contra las mujeres. Algunos de los efectos observados en las encuestas intermedias (sobre la violencia sexual, por ejemplo) no se mantuvieron en la encuesta de final de programa. La intervención tampoco modificó el comportamiento hacia los niños/as en lo que respecta a las prácticas disciplinarias [1].
Dos años después del inicio de la intervención, no se observaron efectos en la percepción de las normas sociales por parte de las mujeres ni en sus actitudes hacia la violencia. Por otro lado, el estudio descubrió que el tratamiento hizo que las mujeres fueran más conscientes de los recursos disponibles para las víctimas de la violencia (por ejemplo, el conocimiento de la línea de ayuda “Línea 100”, que es un servicio telefónico gratuito de información, asesoramiento, orientación y apoyo emocional para personas afectadas por la violencia familiar y sexual). Además, las participantes en el programa eran más propensas a percibir a sus parejas como más controladoras (por ejemplo, más celosas). También se observó un impacto en la propiedad y titulación de tierras de las mujeres, así como en su propensión a aconsejar a un vecino sobre cuestiones relacionadas con las relaciones familiares.