Una evaluación de impacto evidenció mejores competencias parentales, con una reducción de la intensidad de la ira de los padres participantes, y de los síntomas de estrés postraumático de los niños/as y comportamientos relacionados [1].
Otro estudio evidenció una disminución en el uso del castigo físico, así como de los síntomas de depresión en los padres. También se observó un menor uso de estrategias de crianza violentas y una disminución de las prácticas parentales incoherentes. Después del tratamiento, los síntomas de trauma y depresión entre los niños/as se redujeron significativamente. Los niños/as también informaron que los padres usaron significativamente menos violencia y aumentaron estrategias positivas de crianza [2].