Los programas de “interruptores de la violencia” tratan de aplicar las metodologías y estrategias de salud pública utilizadas en la contención y reversión de epidemias para actuar de forma preventiva en situaciones de violencia, mediante la detección e interrupción de los conflictos e incidentes.
En cierto sentido, estos programas interpretan la violencia, especialmente la relacionada con los conflictos armados y los homicidios entre grupos violentos, como una “epidemia”. Esto se debe a que este tipo de violencia suele presentar los tres factores característicos de las enfermedades contagiosas: la aglomeración (se produce en lugares y momentos específicos), la autorreplicación (parece multiplicarse de forma “autónoma”, si no se la interrumpe: un incidente violento lleva a otro y así sucesivamente) y la presencia de ondas epidémicas (concentración, en un período reducido de tiempo, de un número considerable de incidentes y victimizaciones).
A partir de esta comprensión específica de dicho fenómeno social, este tipo de intervención se basa en la concepción de que la “epidemia de violencia” debe ser tratada eficazmente “como una enfermedad”. En otras palabras, se conciben intervenciones que tratan de movilizar los métodos de salud pública para combatir la delincuencia violenta mediante esfuerzos concertados destinados a detener su “contagio” y, por lo tanto, a “curar la violencia”. Esta expresión incluso da nombre al programa adoptado originalmente en Chicago en la década de 2000 (“Cure Violence”), que se ha convertido en la principal referencia en este ámbito. Más recientemente, también se convirtió en el nombre de una organización no gubernamental (Cure Violence Global™) que se dedica a adaptar y replicar la metodología de interrupción de la violencia en ciudades dentro y fuera de Estados Unidos.
En resumen, por lo tanto, los programas de interruptores de la violencia constituyen una modalidad comunitaria que se realiza a través de miembros de la comunidad con capacidad para dialogar con estos grupos, que reciben capacitación para actuar directamente como intermediarios de conflictos entre diferentes grupos violentos, y también suelen desarrollar actividades preventivas enfocadas en los jóvenes. En este caso, las actividades suelen incluir intervenciones para identificar y cambiar la forma de pensar y el comportamiento de los individuos con mayor riesgo de convertirse en perpetradores (es decir, los que tienen más probabilidades de ejercer la violencia), y están dirigidas a provocar cambios en las normas colectivas que sostienen y perpetúan el uso de la violencia.