Las pruebas de ADN analizan la información genética a través de pericias rigurosas (estudios forenses) que permiten detectar, con un alto nivel de certeza, la conexión entre la evidencia y una persona específica.
El uso de las pruebas de ADN como parte de del trabajo de investigación policial ha aumentado sustancialmente desde su aparición en la década de 1980. Inicialmente utilizadas principalmente en casos graves (e.g.: homicidios y violaciones sexuales), el crecimiento de las bases de datos de ADN, junto con la caída en su costo, incrementó la posibilidad de comparar las muestras de ADN recogidas en la escena del crimen (con dichas bases de datos) de forma técnica y económicamente viable. En consecuencia, se ha ampliado del uso de estas técnicas para facilitar la elucidación de otros tipos de delitos, como los crímenes contra la propiedad.
Además de permitir la identificación de sospechosos, las pruebas de ADN también desempeñan un papel importante para evitar que personas inocentes sean acusadas y detenidas injustamente. Una de las grandes ventajas de su uso es la precisión en la identificación de sospechosos.